Imperio Bizantino
✨ 330 – 1453, Mediterráneo Oriental
El Imperio bizantino fue la continuación oriental del Imperio romano tras la división definitiva del año 395. Su capital, Constantinopla, ocupaba una posición estratégica entre Europa y Asia, lo que le permitió controlar importantes rutas comerciales. Aunque sus habitantes se llamaban a sí mismos romanos, los historiadores adoptaron más tarde el nombre de «bizantino», tomado de Bizancio, la antigua ciudad sobre la que se levantó Constantinopla.
Durante el siglo VI, bajo el emperador Justiniano I, el imperio alcanzó su máxima extensión al recuperar parte de Italia, el norte de África y el sur de Hispania. El cristianismo, especialmente en su tradición ortodoxa oriental, ocupó un lugar central en la vida del Estado, mientras el griego sustituyó poco a poco al latín como lengua de la administración y la cultura.
A lo largo de más de mil años, el Imperio bizantino conservó buena parte del derecho romano, de su organización política y del saber clásico, al tiempo que desarrolló una cultura propia. Sus iglesias con grandes cúpulas y mosaicos ejercieron una profunda influencia en numerosos pueblos vecinos. Constantinopla fue una de las ciudades más grandes y prósperas de la Edad Media, protegida durante siglos por sus sólidas murallas.
Pese a enfrentarse a persas, árabes, búlgaros, turcos selyúcidas y, finalmente, a los otomanos, el imperio sobrevivió hasta 1453, cuando Constantinopla fue conquistada por estos últimos. Su legado dejó una huella duradera en Europa oriental, el cristianismo ortodoxo y la conservación del conocimiento de la Antigüedad.