Exploración de los abismos
✨ 1960, Jacques Piccard y Don Walsh
Durante siglos, las grandes profundidades del océano fueron difíciles de explorar. La luz desaparece rápidamente al aumentar la profundidad, la presión crece enormemente y el agua es fría. Las zonas más profundas, llamadas hadales, se encuentran por debajo de unos 6.000 metros, mientras que la zona abisal suele situarse entre unos 3.000 y 6.000 metros. La exploración científica avanzó durante el siglo XIX.
Entre 1872 y 1876, la expedición del HMS Challenger realizó miles de mediciones en los océanos y recogió muestras de aguas profundas y del fondo marino. Sus resultados demostraron la diversidad de la vida marina y aportaron datos importantes sobre la profundidad, la temperatura y los sedimentos. Aun así, gran parte del fondo oceánico seguía fuera del alcance de la observación directa. La tecnología transformó la exploración durante el siglo XX.
En 1934, William Beebe y Otis Barton descendieron hasta unos 923 metros en la batisfera, lo que permitió a Beebe observar animales de las profundidades en su propio entorno. En 1960, Jacques Piccard y Don Walsh alcanzaron el Challenger Deep, en la fosa de las Marianas, a bordo del batiscafo Trieste, a casi 11.000 metros de profundidad. Más tarde, los sumergibles tripulados y los vehículos operados a distancia hicieron posibles numerosas inmersiones y ampliaron la investigación.
En 1977, científicos que utilizaban el sumergible Alvin descubrieron fuentes hidrotermales cerca de las islas Galápagos. Allí encontraron ecosistemas que no dependen directamente de la luz solar, sino de la energía química. Actualmente, la exploración de las profundidades estudia la biodiversidad, la geología, la química del océano y el clima, y muestra que una gran parte del fondo marino todavía se conoce de forma limitada.